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CRITICA
Por: PACO CASADO
La filmografía sobre el conde Drácula, vampiro legendario de Transilvania, se ha enriquecido en gran manera en los últimos quince años.
Desde que en 1959 la Hammer films británica rodara "Drácula", dirigida por Terence Fisher y consagrando a Christopher Lee y a Peter Cushing, esta misma casa y otras cinematografías de todo el mundo se han dedicado a filmar diversas versiones alrededor del famoso conde.
Ahora nos llega una más, realizada el pasado año, con sus actores claves en los papeles principales y una serie de intérpretes juveniles, que no llegan en absoluto a la altura de ambos.
La historia ha sido centrada por el guionista Don Houghton en nuestros días, en un Londres de reactores, tráfico y boites, y en esta ambientación radica acaso el mayor defecto del largometraje, porque su guionista y su director Alan Gibson han caído en fáciles y tópicas consideraciones sobre la juventud, la droga y demás lugares comunes al uso.
Resulta mucho más interesante la historia paralela que transcurre centrada en la acostumbrada reaparición del conde Drácula, invocado por un joven maléfico y empeñado en destruir a un descendiente de Van Helsing, su mortal y tradicional enemigo.
Así, con el terrible vampiro aquí, ahora y entre nosotros, la cinta va discurriendo con escenas inteligentes y otras un tanto más fáciles y sin tanta garra, resultando un producto inferior a otros similares de su misma productora, si bien conservando una dignidad y elevación de tono.
Entre los intérpretes, muy seguro Peter Cushing y un soberbio Christopher Lee que, en sus esporádicas apariciones nos da una versión dramática y tremendista de Drácula.
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