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Recordando... LA HISTORIA DEL CINE ESPAÑOL EN CIEN PALABRAS
 Hasta 1939 no hay cine español, ni material, ni espiritual, ni técnicamente.



    En 1929 y en 1934 da sus primeros pasos. En 1939 pudo echar a andar, pero se frustra la creación de una industria, así como la posibilidad de un cine político. Continúan las castañuelas y el smoking. Sobre los intentos de cine sencillo se desploma el cine de gola y levita, y un cine religioso sin autenticidad. El neorrealismo, que pudo ser español, se reducirá a una película tarcía. Pero nuestro cine supera al de 1936 y puede esperarse que los jóvenes le den el estilo nacional que necesita.

  Bardem, en el “Abecedario cinematográfico” que publicó en “Indice”, escribía que sería terriblemente aleccionadora una reflexión dialogada y brutalmente sincera entre el cine español-1923 y el cine español-1953. La distancia avanzada es tan pequeña que el eco no llegaría a formarse. Y oiríamos las mismas cosas, veríamos las mismas cosas viejas ya de treinta años.

  Bardem exagera: 1936-1939 es una divisoria auténtica. “Hasta allí, el cie español es una cosa”. “Desde allí” otra. Con mayor precisión: “Desde allí”, el cine español existe, aunque entero y sin personalidad; “Hasta allí”, el cine español no existe. Fijémonos bien: no es que sea peor; es que “No es”.

  Y como “No es”, lo mismo da oponer a los quince años 1939-1953 los quince años 1922-1936, o los treinta y nueve años 1897-1936, empezando a contar desde que Jimeno rodó la primera película española, a la salida de misa de doce en el Pilar. En un desierto, un grano de arena es igual a otro, y da igual uno, que diez o que ciento.

  Hay películas españolas, y estas películas dan dinero. Pero no hay ambición. Nos conformamos con hacernos país cinematográficamente colonial, y con que nuestros colonizadores nos dejen producir algunas películas para los indígenas. En 1918, durante el periodo mudo, perdemos la ocasión de dar al cine norteamericano la batalla en Europa. En 1930, mientras las naciones europeas aprovechan la ocasión del sonoro para fortalecer sus industrias nacionales, el cine español se hace en Joinville y en Hollywood. No hay capitales para el cine español. No hay, sobre todo, cabezas. Su mentalidad es que Zúñiga llama de “tendero de la esquina”: la pequeña ganancia inmediata. Por esto hay películas, pero no hay productoras ni industria. Y el cine es una industria.

Una mentalidad aldeana tenía que producir:

a) Período mudo. La andaluzada, la baturrada, la madrileñada, las zarzueladas: verbenas de la Paloma, pobres Valbuenas, reinas moras, carceleras, Doloretes, gigantes y cabezudos, revoltosas, bejaranas, niños de las monjas, Curritos de la Cruz, don Quintín el amargao, Curro Vargas, casa de la Troya y Viva Madrid!, que es mi pueblo. Nuestro cine es un pueblo. Las escenas de noche, en verde o en azul. En muchos locales, la banda de cornetas y tambores del regimiento más cercano anticipa el sonoro durante las escenas de la inevitable procesión de Semana Santa. A veces, desde un palco, se cantan saetas.

b) Período sonoro. Sigue la corriente, pero mejorada. A su lado, la cmedia de “chaquet” que quiere ser de un gran mundo y generalmente no pasa de Chamartín de la Rosa. Nuestro cine de pueblo se ha hecho pequeño burgués: como la República. Cursi: como la República. Continúa sin ser español. Pero un cine es un mensaje.

  Ese cine tenía que ser zarzuela, sainete o comedia de Torrado; cine, no. Cuando son viejos Charlot, Flaherty y Griffith, mientras el cine de la UFA deslumbra a la inmensa minoría del mundo, durante los años en que René Clair abra caminos al sonido, nosotros dále a las saetas o a los cuplés!. Desde un palco o desde la banda sonora; es igual. Pero un cine es un estilo.

  Desde 1897 hasta 1929, treinta y dos años. A los treinta y dos años, cuando otros cines han tenido tiempo de nacer, vivir, morirse y resucitar, nuestro cine da el primer paso. Todos coinciden en que es “La aldea maldita” (1929). El segundo tarda otros cinco años: “La traviesa molinera” (1934). Hablo de oídas, porque yo, que no perdí el cine de tambores y cornetas, me perdí esos dos pasos. Pero de que algún pinito más se hizo, doy fe, porque si que ví “La verbena de la Paloma” (1935), que fue la primera película española que me hizo pensar seriamente en que nosotros también podíamos hacer películas; no sólo sal gorda para cocineras y militares sin graduación.

  Antes de 1939, le había hecho falta a nuestro cine un empujón. Ahora se le empujó, pero tan fuerte, que tropezó, cayó y se le echó encima una protección mal planteada que no le dejó levantarse. Se dice -y es verdad- que el doblaje fue ell golpe mortal para un cine que, antes, vivía sin ayudas oficiales. Pero vivía o vegetaba?. Y esto, por qué sino por el aldeanismo de sus hombres?. Ahora bien: esos hombres, después de la guerra, se encontraron con una protección, que:

a) Con el doblaje, estimulaba la competencia extranjera.
b) con el régimen de permisos de importación, concedidos como primas a la producción nacional, convertía ésta de fin en medio para obtener los codiciados permisos.

  Se desviaba así al cine del mercado, con lo cual se hacia innecesaria la constitución de productoras fuertes, con planes para años, y se estimulaba, sin quererlo, la aventura financiera del productor de una sola película. Ese clima de especulación alejó del cine a muchos de sus posibles colaboradores solventes, económica e intelectualmente.

  La desvinculación de la producción y la importación era indispensable, no como solución, sino para que el productor tuviera que volver hacia su natural fuente de ingresos: el mercado.


  Por sí sola no bastaba, sino completada con otras medidas: la más importante, acabar con el contrasentido de que el dinero que ayuda a nuestra producción procede de la importación de las películas que más daño hacen a nuestra producción. Pero no es sólo la equivocada protección, sino la mentalidad de nuestra producción, la explicación de que al cabo de quince años el cine español siga sin existir como industria. Cuales serán las consecuencias artísticas de ese hecho económico?

Textos: José María García Escudero
Publicado en 1966

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