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CRITICA
Por: JUAN FABIÁN DELGADO
Parece que la vieja guardia de realizadores italianos, como su similar generación francesa, se siente desbordada por los directores jóvenes o al menos de corrientes renovadoras que cada vez se imponen más en el cine mundial.
Y así estos veteranos realizadores, como De Sica, Verneuil o el propio Lattuada, intentan buscar temas modernitos para ponerse al día y así vender mejor sus productos.
Con "Blanco, rojo y..." a Alberto Lattuada le ha salido una cinta desdichada en la que se mezclan el ternurismo más desbocado con una carga política de lo más arbitrario.
Estamos ante dos personajes claves, una religiosa expulsada de Libia y un joven del Partido Comunista que se enfrenta en la dirección de un Hospital.
Así, entre Sor Germana y Aníbal, se establece una especia de pugilato que, naturalmente ganará la religiosa, pero como en el fondo el chico revolucionario no es mala persona, los guionistas se sacan de la manga un final en el que quede muy ennoblecido y de casi héroe.
Entremedio, conversaciones y escenas en las que se tiende a una postura política conservadora y se procura dificultar lo más posible la figura del revolucionario, a la vez que se critica la acción del Gobierno italiano o se ataca una huelga del personal sanitario del Hospital en busca de justas reivindicaciones.
Mientras, Lattuada dirige con ritmo entrecortado, sin mantener el interés e introduciendo recuerdos o escenas que lastran la acción y la ponen a un nivel entre lo cómico a veces y la sensiblería los más.
Al final, se apela al dramatismo, se deja en buen lugar al pobre Aníbal y las señoras del patio de butaca sacan sus pañuelos gracias a la habilidad del señor Lattuada que consigue así una cinta comercial, fácil, desfasada y llena de oportunismo casi tanto como de sensiblería.
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