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CRITICA
Por: PACO CASADO
El cine inglés tiene buena tradición en el cine de terror y de cintas meramente policiacas.
Incluso el propio Michael Anderson, director que aprendió su oficio desde los primeros peldaños hasta llegar a la dirección, hizo un largometraje bastante logrado en 1961 titulado "Sombras de sospecha".
Al cabo de los años ha querido volver a repetir la experiencia. Y no es que con esto digamos que ha hecho la misma película, sino que de nuevo dirige una cinta de este corte.
Para hacer un film de este tipo hay que tener una base argumental sólida, para poder ir cosiendo el relato puntada a puntada sin que ningún cabo quede suelto.
Por otra parte todo cuanto se nos exponga tiene que tener signos de verosimilitud, pues de lo contrario provoca la reacción contraria.
Todo ello es necesario para que después el final no sea preciso tratar de explicarnos lo brutos que hemos sido que no nos hemos dado cuenta de lo fácil que era, pero dicho con cuatro palabras y en breves minutos, mientras que para engañarnos se ha dedicado el resto del film.
De este pecado adolece este film, en la que nada es verosimil, por lo que el espectador tiene la mosca detrás de la oreja desde los pocos minutos de su comienzo, sabiendo que todo quedará en nada y que mal se le explicará todo al final.
Pero esto se hace tan fugazmente que el público queda confundido con cual será el final verdadero.
La dirección de Michael Anderson supera con creces el inefable guion.
La interpretación de Jean Simmons da prestigio a la película, mientras que Jenny Agutter atina en su personaje y Cliff Robertson y Simon Ward se muestran más envarados.
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