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Recordando... UN ACERCAMIENTO A MIZOGUCHI
  Adentrarse en Mizoguchi es una delicada aventura que sólo puede reportar la deliciosa satisfacción de haber explorado una personalidad creadora...

   
 
  

   Adentrarse en Mizoguchi es una delicada aventura que sólo puede reportar la deliciosa satisfacción de haber explorado una personalidad creadora, de haber ampliado los horizontes del mundo en que vivimos y las posibilidades que este mundo nos ofrece.
  Muchas veces hemos conocido a un hombre a través de su obra, hemos compartido sus ilusiones, sentido sus desengaños y admirado la enorme constancia y entrega que se necesita para llevar a buen fin aquello que ha pensado, ha vivido y hasta ha soñado o anhelado.
  Pocas sesiones, por más que algunos les parezcan demasiadas, aunque sí las suficientes para significar una experiencia que casi me atrevería a calificar de vital.
  Si el conocimiento de Bergman o de Dreyer aporta una experiencia intelectual, lo mismo que el de Unamuno, algo que marca al catador de exploradores en el arte y en la existencia, algo que se une a nuestra vida y nos apasiona durante cierto tiempo, el conocimiento de Mizoguchi alimenta nuestra vida sensorial, enriquece, madura y descubre dentro de nosotros ciertas cuerdas sensibles, ciertas apetencias quizá escondidas en el subconsciente.
  Mizoguchi, digámoslo de una vez, irrumpe en nuestra concepción del cine con la misma fuerza, aunque con distinto signo, que Stroheim, por ejemplo.

  Mizoguchi, según nos dicen los libros, y me baso en el de Vé Hó sobre este director, nació el 16 de mayo de 1898 en uno de los más antiguos barrios de Tokio: El Hongo.

  Los fracasos económicos de su padre le hacen cambiar de distrito en plena infancia; Asaka está lleno de cines, teatros y prostitutas, y hasta tiene un templo budista para los comerciantes. No sería extraño que semejante ambiente haya condicionado no sólo sus temas cinematográficos, sino, sobre todo, su mirada sobre el mundo y la condición humana.
  En la escuela primaria conoce a Matsutaro Kawaguchi, condiscípulo aventajado que sería con el tiempo famoso novelista y uno de los más asiduos colaboradores en sus guiones. Según parece, Mizoguchi no fue un buen escolar, y frecuentemente se refugiaba en los cines huyendo de las aulas.
  Aprendiz de diseñador de “yutaka”, especie de kimonos ligeros para el verano, se inscribe en el Instituto de Pintura Europea de Ohibashi, donde obtiene el diploma a los diecisiete años. Luego se coloca de diseñador publicitario en el modesto periódico “Kobe Shimbo”, trabajo que no le dura mucho tiempo al verse obligado el diario a reducir su plantilla por problemas económicos.
  Es ahora, cuando Mizoguchi llega al cine, contratado por la “Nikkatsu”, como actor, y luego ayudante de dirección en 1921. Un año después, cuando cuenta únicamente con veinticuatro, realiza su primera película “El día en que resucitará el amor”, atacada por la crítica debido a sus ideas socialistas y al descuido de los actores.
  En 1923 se instala en Kyoto e inicia una serie de films, algunos en los mismos lugares donde se desarrollaron los corrimientos de tierras que ocasionaron en el Japón miles de víctimas. Durante este tiempo recibe la influencia directa de Kaoru Osanai, padre del moderno teatro japonés.
  Mil novecientos veinticinco es el comienzo de la llamada “era Mizoguchi”. Realiza obras policiacas y melodramas de encargo, pero sobre todos destacan ya dos películas “Nada de combatir sin sueldo”, crítica social y sátira contra la guerra, y “La reina del circo”, donde están patentes algunas de sus características: la atmósfera del circo y el análisis de los sentimientos humanos.

  Es uno de los primeros en utilizar el sonoro. En 1930 dirige “País natal”, con el tenor Fujiwara. La depresión económica de estos años le lleva a un cine de reivindicaciones sociales trabajando para diversas productoras.

  Su film más importante es “La elegía de Naniwa” – 1936-, obra de un realismo brutal. Los militares que empiezan a tener preponderancia en la vida política japonesa, consideran este tipo de películas como una tendencia decadente, que debe impedirse que prolifere.
  Llegan los años difíciles. Japón inicia su guerra con China, y más tarde con Estados Unidos. Las nuevas normas de censura, verdaderamente rígidas, coartan su posibilidad expresiva. Del 1939 a 1948, Mizoguchi se refugia en el cine histórico, fruto del cual son trece películas “bellas como estampas”, mediante las cuales salva veladamente las consignas gubernativas en favor de un arte épico, adentrándose cada vez más en la intimidad y el lirismo. Su actuación pública, sin embargo, le ha valido fama de oportunista, debido a las diversas distinciones oficiales con que se le premia.
  Cuando en 1948 Japón se democratiza, Mizoguchi surge como una de las principales figuras cinematográficas. En 1949 es elegido presidente inamovible de la Asociación de Directores Japoneses, e inicia una nueva etapa que dura hasta su muerte, etapa en la que realiza una serie de films premiados sistemáticamente en los festivales europeos.
  Muere el 24 de agosto de 1956 cuando se preparaba para asistir al Festival de Venecia a presentar su último film, “La calle de la vergüenza”.

  Personalmente creo que tres hechos extraños a su sensibilidad, tres hechos externos, tres hechos históricos, condicionan la personalidad de Mizoguchi, tres sucesos que corresponden a tres edades clave en la vida de cualquier ser humano, especialmente de un ser con sensibilidad artística: los 19, los 25 y los 45 años.

  En 1917 Japón aprovecha la primera guerra mundial para adueñarse de los mercados asiáticos y vender en todo el continente sus productos. Esto trae como consecuencia el enriquecimiento de los grandes propietarios, que unido al bloque de los sueldos y al encarecimiento de los productos, origina el empobrecimiento de las masas, con la consiguiente radicalización de los partidos de izquierda. No cabe duda de que Mizoguchi no fue impasible a semejante situación y si, por temperamento, huyó del extremismo de algunos inclinándose hacia las teorías del llamado “Ghandi japonés”, Toyohiko Kagawa, lo cierto es que su obra quedó marcada desde aquel momento por una auténtica preocupación social. Buena prueba de ello son las declaraciones de Yoshikata Yoda, uno de sus guionistas, quien afirmaba que “Toda su vida, Mizoguchi se ha rebelado contra las fuerzas de la opresión: toda su vida ha estado del lado de los oprimidos”.

Texto escrito en 1965 por JULIO MARTÍNEZ

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