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Recordando... DEL ENIGMA HISTÓRICO A F.W. MURNAU
Desde los inicios de la carrera cinematográfica firmó siempre con las iniciales de sus dos nombres cristianos.

   

  
   Desde los inicios de la carrera cinematográfica firmó siempre con las iniciales de sus dos nombres cristianos, y cargados de resonancias imperiales, y con un apellido geográfico de adopción: F.W. Murnau.
  Pertenecía a una familia de origen sueco, bien acomodada y un tanto inquieta, que no parecía avenirse a permanecer afincada en el mismo lugar, por lo que cambió de ciudad con relativa frecuencia.

  Con la llegada de 1919 ya se encuentra plenamente en el cine. No encontramos precisiones suficientemente claras acerca de los motivos, muy fuertes, sin duda, que le decidieron a abandonar la dirección teatral, tan querida por él hasta entonces, para consagrarse a la cinematografía, en la que llegaría en esa plenitud asombrosa que todos le reconocen; “indiscutiblemente, uno de los grandes maestros de la pantalla”, a juicio de Huff; “el cineasta más importante del siglo XX”, Según Domarchi.

  Entra Murnau en el mundo del cine con extraordinario ímpetu. En 1919 realiza dos films, en 1920 son cinco los que lleva su nombre como máximo responsable, dos en 1921, tres en 1922, otros dos en 1923. En cinco años hizo catorce películas, mientras que en los ocho que siguen sólo presentaría siete.

  Es probablemente el primer intelectual que se consagra a la tarea del cine, el primero que, con plena conciencia, trata de inscribir la obra de la pantalla en el ámbito teórico y práctico de la cultura. No puede ser ajena a su labor creadora la formación que poseía en la rigurosa disciplina universitaria, que le dio el admirable rigor mental del que siempre haría gala. Era un hombre serio y solitario, como un poco distante, fino, cortés, de modales refinados, meticuloso, incansable en la tarea, preocupado por los problemas técnicos y estéticos, conversador sensible e ingenioso, con enorme peso de cultura, cargado de curiosidades, autoridad en historia de la pintura, sobre todo la alemana de los siglos XV y XVI, pero sin asomo alguno de pedantería.

  El primer lustro de labor cinematográfica de Murnau, con esas catorce películas que le sitúan en lugar preeminente entre los más destacados profesionales, coincide con uno de los periodos más sombríos de la historia de Alemania. Es la época, verdaderamente egregia, en la que de la nada o poco menos se crea una de las escuelas de cine más extraordinarias, a la vez que una industria poderosísima. Murnau está entre los artífices de ese esfuerzo ingente, de ese real milagro del arte y de la técnica, debido a la inspiración tesonera de unos pocos, casi ninguno de ellos en posesión de la mínima experiencia profesional adquirida en años anteriores. Desnudos de bagaje cinematográfico, fundan un cine fabuloso, cuando todo parece adverso, cuando el país, entregado a constantes convulsiones de extrema gravedad, se encierra en las violencias políticas y sociales, sin dejar resquicio al aliento de libertad espiritual.


 
La primera etapa de la obra de Murnau, la que va de 1919 a 1923, permanece bastante oscura para nosotros, por escasez de testimonios directos que de ella quedan para el examen y el estudio. No podemos, como señala Domarchi, reconstituir con cierta fidelidad su procedimiento creador tal y como se consigue respecto de otros cineastas. En 1956 escribía Henri Langlois, uno de los más esforzados rebuscadores de la historia del cine, cuando preparaba la gran retrospectiva del cine alemán en la Cinemateca Francesa: “La mitad de la obra filmada en Alemania, por uno de los genios del cine, Murnau, nos es inaccesible.

  Para llegar a algunas prudentes conclusiones acerca del sentido y la valía de las cintas perdidas de Murnau, hemos de servirnos de los pocos elementos de juicio que quedan, los guiones, analizados sagaz y exclusivamente por Lotte H. Eisner; las fotografías, las críticas de la época, las opiniones de quienes en ellas colaboraron. Son, sin duda, elementos que es preciso manejar con muchas reservas, pues la distancia, como es bien sabido, magnifica los recuerdos.

  En esa primera etapa de su esfuerzo artístico cultiva Murnau con cierta predilección los temas campesinos y aldeanos, pero en un sentido radicalmente distinto del que había de caracterizar a los vulgares y con harta frecuencia pesadísimos “heimatfilms” de la segunda postguerra. En los de Murnau, por lo que hemos podido saber, no hay pintoresquismo, ni fáciles caídas en el floklore, sino rigurosos contrastes, autenticidad de vidas y sentimientos sobre la explicación costumbrista. Aparece en el maestro alemán un sentido puro de la naturaleza, en cuya sencillez resaltan más los males del arrebato y de la muerte. La naturaleza es lo noble, lo respetable, lo auténtico, los humanos que en ella viven, entregados a su contacto, reprensentan, con sus pasiones y sus odios, el mal que envenena la pureza admirable.

Textos escritos por CARLOS FERNÁNDEZ CUENCA en 1966

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