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Recordando... DE NUEVO HACIA UN CINE CON MENSAJE
“Poca paz tenemos, sobre todo paz espiritual, y, sin embargo, ésta es la más necesaria, pues ella es la base de todo...

   

   “Poca paz tenemos, sobre todo paz espiritual, y, sin embargo, ésta es la más necesaria, pues ella es la base de todo. Y, no obstante, apenas si aquí le concedemos atención, pues sólo nos afanamos por el bienestar material. Y es el caso que sin paz espiritual no podemos tener tampoco ninguna firmeza ni en nuestras ideas, ni en nuestros planes, ni en nuestros nervios, y, al fin y al cabo, ni en nuestros gustos” (Dostoyevski).

  Como medio de difusión a gran escala, el cine ha sido siempre utilizado en favor de los intereses particulares, ya comerciales, ya religiosos, ya éticos, ya políticos. Se ha dicho de él que tiene más poder de transformación del mundo que todas las bombas atómicas. A través de la inmensa estructura industrio-económica en que se apoya, diversas cinematografías nacionales han cambiado en todo momento los gustos y las costumbres de millones de personas.

  Pensadores de todas las tendencias, aunados en la tarea de encontrar el ideal perfecto de ser humano, le han puesto reparos aduciendo lo espantoso del hecho de que masas incontables de espectadores reciban pacientemente y hasta con satisfacción cualquier exposición razonada, lógica y justificada de los crímenes horrendos de la Humanidad, lo que no evita que puedan extraerse de ella bastantes enseñanzas. El cine ha reproducido esa historia y la suya propia está sembrada de cadáveres (actores, directores o ideas estéticas).

  Reina gran confusión ahora de cara a cómo debe orientar el cine sus inquietudes sociales, cada vez más incrementadas, que le dominan: cada uno le carga con sus propios problemas, y puede que un día mundo y cine pesen tanto que se precipiten en el vacío.

  Frases como “el cine es hermoso solamente cuando es vivido por aquellos que saben apreciarlo” o “amar el cine con la locura de un imposible, pues sólo él puede realizar el milagro” están pasadas de moda; por fuerza, ahora los que no gustan al mismo tiempo y desinteresadamente de la filosofía, el arte, la ciencia, la política o la economía deben estar locos, a menos que hayan logrado el desapego huleyano-budista: “el individuo no puede trascender de si mismo, si antes no aprende a tener conciencia de si mismo y de sus relaciones con los otros seres y con el mundo.”

  Directores, críticos, aficionados y espectadores están divididos en facciones de ideas contrapuestas: “La especialización biológica debe ser considerada como una tendencia de las especies a insistir en su paratividad; y el resultado de la especialización es o negativamente desastroso, en el sentido de que hace imposible todo progreso biológico ulterior, o positivamente desastroso, en el sentido de que conduce a la extinción de la especie. Del mismo modo, la competencia intraespecífica debe ser considerada, por parte de los individuos a quienes se refiere, como la expresión de la resolución de insistir en su separatividad e independencia; los efectos de la competencia intraespecífica son casi totalmente nocivos. Reciprocamente, las cualidades que han tenido por resultado progresos biológicos son las mismas que les han permitido a los seres individuales escapar de su separatividad: la inteligencia y la tendencia a colaborar. El odio, la inadvertencia, la estupidez y todo cuanto contribuye a la separatividad, son cualidades que en la realidad histórica han determinado, sea la extinción de las especies, sea su transformación en fósiles con vida, incapaces de realizar ningún progreso biológico ulterior.
  Esto y los férreos cauces de la industria han determinado que muchos creyeran que el cine había acabado con los años cuarenta (o aún antes, con la misma aparición de Hollywood, si bien por aquel tiempo aún se trabajaba con ideales comunes).

  En el año 1948, çAngel Zúñiga escribía: “El mundo aspira ahora a algo más elevado, sin dejar de tener en cuenta todo lo que pasó por su espíritu, sin lo cual no le sería posible vivir. Ha llegado el momento de que la gente se aperciba ante toda posibilidad de mixtificación. Hay que tratar de descubrir a todo trance cualquier intento de desvalorización del ser humano cada vez que se trate de darle gato por liebre. Hay que declararse libres e independientes. Pero esto sólo puede lograrse reconociendo que si llegamos a establecer definitivamente los derechos del Hombre, habremos también de procurarnos unas obligaciones que los dignifiquen.

  En ese día haremos desfilar ante nosotros las imágenes queridas que mantuvieron en perpetua alerta nuestra atención; sentiremos la caricia de miles de figuras que nos dieron la humana dimensión de su perfil y volveremos a ver cien mil colores que inundaron de luz nuestra retina. Queremos todo aquello que ya quisimos y se levantarán de nuevo miles de mariposas de ilusión que yacían olvidadas en el último desván de la conciencia. El cine sabe de nuestras pequeñas ilusiones, del ansia inexplicable de retener todas esas imágenes que se nos iban, como la misma vida, para amarlas por saber que algún día las perderíamos para siempre, como si se tratase de un amor que se nos iba del corazón y lo tratásemos de retener, inútilmente, con lo mejor de nuestros recursos. Si, todas las butacas que hemos rozado se reunirán, un día, en un cielo de caoba y tapicería para dialogar sobre nuestras memorias y hablar de nuestras caricias, de las risas y del llanto que fuimos capaces de derrochar en el perpetuo engaño de los destino ajenos, que nos ha hecho tan dulce la dolorosa huida del tiempo.
  Y en 1954, King Vidor: “Existe, por ejemplo, en el fondo del corazón de todos los hombres el tema del progreso humano. Creo que todos nosotros sabemos que nuestra misión más importante en la tierra es prestar alguna contribución, por pequeña que pueda ser, a este empuje inexorable del progreso humano. La marcha de un hombre, tal y como yo la veo, no consiste en caminar desde la cuna a la tumba, sino en progresar desde lo animal o físico de domeñar las limitaciones de lo físico en favor de la libertad del espíritu. El hombre, se dé cuenta de ello o no, debe ver, en la profundidad de su interior, que tiene que llevar a cabo durante el tiempo de su existencia corpórea una misión ascendente definida. Siente la impresión de que el propósito de su vida no puede establecerse en términos de un olvido definitivo. Esta es la razón por la que la Biblia haya alcanzado siempre el mayor “record” de la lectura. Por ello también la afirmación “En Dios confiamos” es un lema nacional que está acuñado en nuestras monedas. Como una explicación de esta lucha heroica que estamos viviendo, un argumento de película que dé a la Humanidad la confianza de que la lucha por el bien no es una cosa vana y que demuestre al individuo que no está solo en su busca de la verdad, y la bondad será recibida siempre por corazones comprensivos en todas partes.
  Las multitudes dejarán un caldeado lugar junto al fuego y los vacilantes programas de televisión, buscarán quién les cuide los bebés y formarán en la cola para ver una película de esa clase.
  Añoranza de tiempos que no volverán, porque sucumbieron al mismo tiempo que de aquella lucha heroica surgiera el cine de hoy; pues bien, en estos últimos años nos afanamos por reencontrar los primitivos eternos principios (que raramente aparecen, no es extraño que haya surgido un cine-filosofía de la angustia, de la soledad, de la incapacidad de comunicar la deficiencia de las condiciones vitales del ser humano en esta época nuestra, por en medio de un entramado con aspectos desviadores: económicos, cada espectador necesitado de la droga paga por que el sistema pueda seguir funcionando y el producto reaparezca, más modernizado, más sintético, mejor embalado, éticos, la imposición de unas normas de conducta encaminadas al logro de individuos irresponsables: afectivos, el muestrario de contactos necesarios imposibilitados por injerencia de terrores y violencia al estilo del “método Pavlov”; religiosos, a fuerza de haber presentado todas las religiones, cosmologías, cosmogonías o mitologías locales y haber demostrado (por imposibilidad de demostrar lo contrario) que no bastan a la persona, la creación de una nueva mitología cuyos dioses antropomorfos son los rostros del cinema que personifican el valor, la audacia, la inteligencia, la moral, el ascenso social, la invulnerabilidad después de lo logrado, la filosofía que reafirma después de lo logrado, la filosofía que reafirma que la justicia del logro, la forma corporal más bella (estrictamente, los terrenos de actuación psicológica del arte, no son los de la religión); estéticos, en el establecimiento de los mitos del brillo, el lujo, el lucro, lo limpio, lo bonito, ect.; sociales, asegurando con todos los argumentos anteriores que no puede haber diálogo entre clases, organizando un sistema político de castas y una forma de gobierno que garantice el odio entre aquellas, el Mundo Feliz y la dictadura de la máquina.
  No es fácil dar normas que puedan conducir a un cine mejor. “Su objeción (de Pasternak) a cualquier doctrina que dé una explicación completa del proceso histórico y un programa para la transformación de la sociedad, es la de que la vida es demasiado complicada para querer abarcarla con una teoría o sistema.
  “Cuando oigo a las gentes hablar de reformar la vida, pierdo el control de mí mismo y llego hasta la desesperación. ¿Reformar la vida! Nunca han sentido el cálido aliento de esa vida, los látidos de su corazón aunque crean que lo conocen todo. La consideran como un montón de una determinada materia prima que quieren transformar y esperan ennoblecer con su tacto” (Hadley Cantril). Tal vez como Pasternak, debiéramos decir que es preciso retratar la vida como fenómeno múltiple que es; claro que, a veces, la buena voluntad, por demasiado débil, conduce a resultados adversos. Desde la crítica, con lógicas diferencias debiéramos buscar los caminos más apropiados que conducen a aquel fin noble y honrado. Orientar definitivamente la fuerza congestiva de su drama (pero no hacia la divinidad de la tragedia). No perder nunca los más caros ideales. No caer en la estupidez que tanto condenó al príncipe Gautama. Respetar las libertades físicas e intelectuales de todos los individuos. No poner el acento más que en lo puramente fílmico (teniendo en cuenta, claro, todo aquello que da ocasión y condición a sus imágenes e ideas, la sutilmente compleja estructura filosófica, socio, política, económica, cultural, artística , religiosa en que se mueve). Como no se puede suprimir cierto tipo de violencia, ya que entonces eliminaríamos una de las cualidades más intrinsecamente cinematográficas, librémonos de presentarla en forma justificada o por causas injustificadas-. Buscar la ética más justa del individuo para con todo lo que le rodea. No hacer del cine otra cosa que lo que es: “una ilusión, y lo por lo tanto, su misma existencia debe ser puesta siempre en sus manos de los magos, los hechiceros que dan aliento a su vida”. “No debemos permitir que la ilusión se imponga a los mismos que la han dado vida” (King Vidor). Si conseguimos que las estructuras defectuosas en que el cine se produce no se nos impongan, podemos confiar en que ellas mismas perderán sus defectos.
  Tender hacia un cine mejor para el mañana. No permitamos que el Séptimo Arte se convierta, como la radio o la televisión, en un medio de propaganda alienador para el anuncio de máquinas, fibra sintéticas o dentífricos. Utilizar todo el contexto organizado para llegar a las fibras sensibles del espectador y afinar el concepto universal de los espíritus.
  Todo parece implicar que el cine d ellos últimos quince años, con algunas excepciones, se ha desviado de su función social que acabo de definir. La conclusión, a nivel cósmico, es que habría que hacerse un llamamiento a todos los cineastas, críticos y aficionados del mundo para que consideraran estas ideas, impropiamente olvidadas.

Texto escrito por ÓSCAR BATALLAR

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