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INFORMACIÓN
Titulo original: Normandie Nue
Año Producción: 2018
Nacionalidad: Francia
Duración: 109 Minutos
Calificación: No recomendada para menores de 7 años
Género: Drama
Director: Philippe Le Guay
Guión: Olivier Dazat, Philippe Le Guay
Fotografía: Jean-Claude Carriére
Música: Bruno Coulais
FECHAS DE ESTRENO
España: 8 Junio 2018
DISTRIBUCIÓN EN ESPAÑA
Vértice 360


SINOPSIS

En un pequeño pueblo normando todos están afectados por la crisis. El alcalde es un hombre que lo intenta todo con tal de salvar al pueblo. La casualidad llega en forma de fotógrafo. Se trata de Bake Newman, un artista que se dedica a desnudar a la multitud, por lo que el alcalde ve una oportunidad para salvar a la localidad. El problema es que ningún normando quiere exponerse...

INTÉRPRETES

TOBY JONES, VINCENT REGAN, FRANÇOIS CLUZET, ARTHUR DUPONT, FRANÇOIS-XAVIER DEMAISON, GRÉGORY GADEBOIS, COLIN BATES

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ENTREVISTA A PHILIPPE LE GUAY...
Cuéntenos sobre el origen de la película...
Pues resulta que, desde mi más tierna infancia, pasaba las vacaciones en una casa familiar que se encontraba en la región de Perche, en Baja Normandía, a tres kilómetros del pueblo de Mêle sur Sarthe. Por otro lado, había visto las fotos de un artista conceptual que hacía eventos multitudinarios con gente desnuda en ciudades como Berlín, México...
Me pregunté qué pasaría si este fotógrafo se detuviera en este agujero perdido de la Francia profunda y decidiera organizar una foto con sus habitantes desnudos en un campo. Ahí había un choque de culturas capaz de nutrir una historia…

Confrontar las aspiraciones de un artista conceptual con la realidad rural de la Francia de hoy en día, se trata de una premisa bastante original…
… aunque difícil de articular: llevar adelante este proyecto me ha llevado unos cuatro años. 

¿Por qué tanto tiempo?...
Sin duda porque había que ir más allá del enfoque, un poco burlesco, de confrontación entre estos dos mundos. Para mí, la película sólo tenía sentido si estaba impregnada de veracidad en sus personajes, de la descripción de todo un mundo rural que, a decir verdad, yo no conocía muy bien. Había ido desde siempre a este pueblo, Mêle, pero ignoraba la realidad cotidiana de la vida de los granjeros. Yo allí no veía más que la superficie, como un urbanita que en el campo no ve más que árboles bonitos y grandes prados. Ésa es la razón por la que quise contar con la presencia de una familia parisina en la película, a la que dan vida François-Xavier Demaison y Julie-Anne Roth.
Finalmente, tuve que parar para rodar «Florida», y volví a ponerme al trabajo, esta vez llevando a cabo una auténtica investigación entre los granjeros. Descubrí todo un mundo: los campesinos tradicionales, los partidarios de la agricultura biológica, los moderados, los que venden directamente a los consumidores mediante sistemas de cooperativas…
Esta inmersión me ha permitido comprender sus dificultades y sus padecimientos, económicos, claro está, pero también morales. En la película, los personajes no hablan a una sola voz. Pero todos tienen en común el estar desesperados: se sienten solos, humillados, tienen la sensación de no ser observados ni escuchados. Esa realidad emocional es la que yo quería devolver…

Caída del precio de la carne, leche que se vende sin cubrir costes, material agrícola incautado por la Administración, manifestaciones y cortes de carreteras sin éxito… su situación se palpa físicamente. «Ya estamos en pelotas, dice Balbuzard, respondiendo a la exigencia del fotógrafo, ¿y encima quiere usted que nos desnudemos?» En efecto, ¿por qué este deseo de desnudarlos?...
Lo que resulta extraño es que, en el campo, la desnudez no existe. Es como si los campesinos nunca estuvieran desnudos. El cuerpo permanece siempre escondido. En cierto momento de la película, Balbuzard afirma que, «incluso en verano, un normando conserva su jersey», y es cierto, rara vez vemos a los campesinos sin las botas y el pantalón puestos. En Mêle sur Sarthe, el ayuntamiento ha acondicionado un lago artificial, ¡y los granjeros nunca van allí a bañarse! Mientras que, en la ciudad, el cuerpo se explora por debajo de todas las costuras, se erotiza y se banaliza a través de la publicidad, en el campo sigue siendo un tabú. Ello no quiere decir que los habitantes del campo sean mojigatos o puritanos; pero su cuerpo siempre será un bastión.

Podría pensarse que, viviendo en comunión con la naturaleza, esa barrera no existe...
Porque la desnudez no es algo «natural». La desnudez es un concepto profundamente cultural. Una parisina no tiene ningún problema en quitarse la ropa porque, en la ciudad, la desnudez lo ha invadido todo: los espacios publicitarios, claro está, pero también el teatro, las escenas de danza e incluso la ópera. En el campo, por el contrario, ya es otra historia. Los granjeros tendrán que recorrer un largo camino para desembarazarse de la vergüenza y los secretos que les constriñen. En la película, hay un personaje que no para de decir que no tiene nada que ocultar y, casualmente, resulta ser él el que ha guardado tras de sí un secreto que le ahoga y del que tendrá que liberarse. Al final, cuando todos aceptan posar para la foto, habrán hallado una suerte de inocencia original, un impulso vital y gozoso.

El alcalde del pueblo, interpretado por François Cluzet, insta a sus ciudadanos a someterse a la petición del fotógrafo por una cuestión de activismo. Para él, esta foto es un modo de atraer la atención de los medios...
Y tiene razón. Desde hace varias décadas, la desnudez se ha convertido en un arma.
Comenzó con el movimiento de los streakers, aquellos hombres que aparecían desnudos en los campos de fútbol durante los años 70 para exponer sus reivindicaciones. Los activistas contra la guerra de Vietnam siguieron su ejemplo y, más recientemente, lo han hecho las Femen, a las que se menciona en la película.

Eso dota a la película de un carácter eminentemente político…
Es la historia de una comunidad que se une a causa de un acontecimiento externo imprevisto. «Normandía al desnudo» es una oda a lo colectivo. Al mostrarse juntos desnudos, la gente del pueblo triunfa allí donde habían fracasado hasta el momento: por fin son libres y solidarios. Lo que resulta asombroso es que fueron los verdaderos granjeros, la gente real del pueblo, los que vinieron a posar. ¡Todos ellos vencieron sus reparos! A fin de cuentas, el efecto multitud oculta la desnudez. ¡No se ve nada, con todos esos cuerpos juntos! Lo íntimo desaparece en beneficio de una imagen increíblemente primitiva.

Hay una forma distinta de desnudez cuando la joven Charlotte posa para Vincent.
Es la clásica situación del pintor y su modelo. No se termina de explorar lo que se juega en esta situación, lo que tiene de abandono, lo que tiene de control. He redescubierto el tema de mi primera película, «Les Deux Fragonard». Aquí, el viejo estudio del pueblo se convierte en el involuntario marco de un juego de pose, cuando la joven sorprende a Vincent desnudándose.

La comunidad que usted describe está anclada en la perennidad. El progreso ha pasado por allí pero perduran las tradiciones… Un viejo campesino se pone a cantar «Ils ne savent plus la saveur de l’eau»1, una banda de música acompaña la boda…
Este campesino que usted menciona es un antiguo ingeniero agrónomo, muy implicado en el desarrollo de la agricultura biológica y que ayuda a la reconversión de los campesinos tradicionales. En cierto modo, es como un cura que va de granja en granja predicando la buena nueva. Por lo que respecta a la banda de música, se trata de la banda real del pueblo, de composición heterogénea, viejos y jóvenes, de todas las edades. ¡Daba la impresión de estar en casa de Milos Forman! En el campo, en nuestros días, coexiste el pasado con el presente: no hay sitio para la nostalgia.

Hay una escena en la que Vincent (Arthur Dupont), el hijo del fotógrafo del pueblo, descubre las fotos que dejó su padre...
«Normandía al desnudo» es también la historia de una imagen. Siempre me ha fascinado cuál sería el destino de aquellos fotógrafos de pueblo, esos artesanos enigmáticos que fotografiaban las reuniones de agricultores, las bodas, las comuniones – todas aquellas fotos un poco kitsch con las que nos criamos. Y pensar que en cada calle principal podía verse el cartel amarillo de KODAK y que en unos pocos años toda esa cultura ha desaparecido…

Usted vincula la llegada de los americanos con el desembarco de los Aliados en 1944...
Es una asociación inevitable. La batalla de Normandía fue la que decidió la resolución del conflicto tras el desembarco en las playas normandas. Basta visitar el cementerio de Colville sur Mer para hacerse una idea de la magnitud de la intervención americana. A finales de junio de 1944, los Aliados bombardearon la estación de Mêle sur Sarthe, donde se hallaban estacionados dos convoyes de munición alemana llenos hasta reventar, y destruyeron la mitad del pueblo. ¡Los liberadores fueron también destructores!

Finalmente, los agricultores no acuden a su cita en el campo...
Todos ellos hallan el modo de tener otra cosa que hacer ese día. El alcalde, por su parte, se siente traicionado, los suyos le han abandonado...

Esta deserción da lugar a una escena en la que François Cluzet amenaza con ahorcarse...
Resulta graciosa pero también bastante violenta.
Por desgracia, las estadísticas están ahí: cada año, trescientos granjeros se quitan la vida en sus granjas, la mayoría de las veces ahorcándose. A dos pasos de la casa de mis abuelos había una granja llamada «El lobo ahorcado». El granjero acabó ahorcándose de verdad y hubo que rebautizar el lugar. No pude resistirme a incluir este elemento en la película.

François Cluzet está excepcional en el papel del alcalde. ¿Pensó en él al instante para ese papel?...
Desde el primer momento, fue algo evidente. Me gusta de él esa mezcla de encanto e intensidad, el modo en que aúna un sentimiento de cólera con un lado infantil. ¡Tiene una mirada desconfiada que da miedo y cada vez que sonríe se le pone cara de adolescente! Por lo general, los personajes que interpreta François Cluzet esconden alguna cosa, como puede ser su condición de estafador en «Crónica de una mentira», de Xavier Giannoli, o incluso el cáncer que le está destruyendo en «Un doctor en la campiña», de Thomas Lilti.
Aquí, por el contrario, se muestra íntegro, honesto, generoso, es claramente un personaje positivo. Es un tipo que sólo vive para su pueblo – su mujer le ha dejado, no tiene pareja, es un poco monje en eso. En el fondo, es como un padre con sus ciudadanos, un padre con hijos turbulentos... Les echa la bronca, pero también les tiene cariño. Su tarea es la dirección escenográfica: es él quien trata de que las cosas salgan bien. Quise que fuera él quien dijera aquella frase del Génesis que, en un principio, iba a decirla un cura: «El primer día, Adán y Eva estaban desnudos y no sentían vergüenza».

¿Qué tal ha sido trabajar con él?...
François es un asceta del guión. Lee incansablemente el texto, vuelve a lo que ya ha leído, hace preguntas … Además, sabía que iba a tener que interpretar junto con actores no profesionales, dado que los papeles menores están asignados a gente del pueblo que jamás había visto una cámara. Hace falta mucha generosidad para ponerse al compás de actores improvisados. Y además interpreta ante todo la verdad de las situaciones: no trata de ser divertido, es sincero todo el tiempo.

El tándem formado por Philippe Rebbot y Patrick d’Assumçao, los dos granjeros que se pelean por el Champ Chollet, es también irresistible…
¡Son un poco Don Quijote y Sancho Panza! Su rivalidad me divierte y me conmueve.
Philippe Rebbot tiene algo sumamente caballeresco en su silueta y en su actitud, una mirada y una ternura realmente desgarradoras… y el maravilloso Patrick d’Assumçao, su enemigo, está atrapado en la ley del silencio por esa herencia del secreto de familia que está obligado a aceptar. Ambos tienen poco espacio para hablarse y, no obstante, comparten un montón de experiencias.

Háblenos del personaje que interpreta François-Xavier Demaison...
Es un parisino que ha decidido mudarse al campo y que quiere regresar a los valores de verdad – vivir en paz, lejos de la contaminación, comer alimentos ecológicos… Me identifico mucho con él. Asimismo, me hacía gracia que, aun habiendo sido plenamente consciente al tomar esta decisión, algo en él se resiste y se rebela. Su cuerpo protesta, tiene alergias, todo se le trastorna…

Es un personaje que podría haber caído en lo caricaturesco, cosa que nunca llega a ocurrir...
François-Xavier es un actor que destila inteligencia, una persona realmente tierna sin una gota de cinismo, con un lado muy infantil. Lo cual es un poco la característica común de todos los personajes de esta película. Solamente Chloé, la hija de François-Xavier Demaison, tiene un discurso verdaderamente adulto. ¡Y además quiere ser psicoanalista!
Está muy enfadada porque sus padres han decidido ir a vivir al campo sin preguntarle su opinión. ¡Su indignación llega incluso hasta el punto de soñar con una Normandía azotada por el calentamiento global, convertida en un desolado desierto, un auténtico Sahel!

Le ha dado usted el papel de narradora…
Desde siempre he soñado con introducir una voz en off en una de mis películas y nunca lo había logrado. Aquí, el relato de Chloé establece un punto de vista algo desplazado, suscribiendo el pueblo como un decorado de cuento. Su reticencia a vivir en el campo introduce cierta ironía aun cuando, emocionalmente, empaticemos con los granjeros y compartamos su lucha y sus dudas.

¿Cómo diseñó el personaje del fotógrafo?...
Sobre todo, no quería hacer escarnio de su trabajo; Newman es un artista que persigue una obsesión. Lleva consigo esa imagen de la multitud en el campo y vemos cómo la construye con esa idea de las estacas alineadas. Tiene una visión cuasi abstracta de aquellos cuerpos desnudos y la plasma sobre lo real. Toby Jones aporta un magnífico mundo interior a este fotógrafo, y también un lado lúdico. En contraste con él, Bradley, antiguo fotógrafo de guerra, es claramente el contraplano absoluto de Newman.

La gente del campo tiene la fama de no abrirse a otros con facilidad. ¿Ha sido difícil crear lazos con ellos durante su investigación y, más tarde, sobre el escenario?...
Aun siendo parisino, en cierto modo soy un hijo del campo. Me casé en la iglesia de Mêle sur Sarthe, mi familia tiene un panteón en el cementerio, mi abuelo ha estado siempre dedicado a la vida del pueblo, mi padre era ayudante del alcalde… yo me sentía a su lado en pie de igualdad. Pese a ello, nada hacía pensar que el cruce entre el mundo de los ganaderos y el mundo del cine se saldaría con éxito. Ocurrió un pequeño milagro, el equipo de producción abrió un restaurante, contrató a una cocinera, por la tarde cenábamos en el lugar de rodaje, y los habitantes del pueblo estaban siempre invitados, el farmacéutico, el mecánico…

Y al final convenció usted a todo el mundo de desnudarse en el Champ Chollet… Cabe pensar que las negociaciones no fueron siempre fáciles…
Aquello no se hizo en un día. Su resistencia a quitarse la ropa se convirtió ciertamente en el tema mismo de la película. La paradoja está en que la sociedad, aparentemente, deja ver supuestamente todo, en principio no hay tabúes. Y, sin embargo, en cuanto se trata del pudor y de lo íntimo, nos encontramos con situaciones arquetípicas que no encajan en los tiempos que corren. La gente del pueblo comprendió que podría expresar alguna de sus circunstancias participando juntos en esa foto. Algunos acudieron «por solidaridad con la causa», otros no veían problema alguno en hacerlo – «Si todo el mundo va, yo también voy». No me fui a París a reclutar modelos y eso se ve en el resultado, son cuerpos que distan de ser de maniquí…

¿En ocasiones llegó a pedirles que improvisaran?...
Ocurrió en la escena del corte de la nacional, en la que, aparte de Grégory Gadebois que interpreta al carnicero, sólo hay granjeros reales. Me acordaba de lo que me habían dicho durante nuestras entrevistas y les pedí que lo repitieran en tres o cuatro frases. Aquéllas eran sus propias palabras.

Con un equipo tan variopinto, la dirección ha de adaptarse necesariamente...
Filmar con principiantes supone muchas cosas: utilizamos dos cámaras, para poder multiplicar los planos. Renuncié al combo de vídeo para poder estar bien cerca de los actores y poder responder a tiempo. Traté de evitar hacer demasiadas tomas para no cansarlos…

Háblenos de la magnífica iluminación...
Ésta es mi quinta película con Jean-Claude Larrieu, el director de fotografía. Me encanta cómo se mueve por los escenarios, la manera que tiene de interesarse por los personajes, de hacer preguntas, de percibir el modo de vida. Antes de pensar en su imagen, se impregna de la cara real de la gente. Proviene del suroeste profundo, y podría haber sido uno de los héroes de la película. Queríamos que la película resultara luminosa, que la luz resaltara el campo, que lo celebrara, y tuvimos mucha suerte con la meteorología teniendo en cuenta que rodamos en marzo y abril. El sol brillaba, la colza crecía, los manzanos estaban en flor, la naturaleza brotaba con fuerza.

Finalmente, fue un reportaje dedicado al riesgo de cáncer provocado por la carne roja lo que llevó a los granjeros a reaccionar y posar para aquella famosa foto...
Yo no me inventé nada, ese informe existe. Fue publicado el año pasado por investigadores de la OMS. Ése es el detonante que desencadena la adhesión de los ganaderos al proyecto de la foto. De todas formas, la actualidad hace su aparición en la película por todos lados, incluida la posición de Chloé, que se enfrenta a los granjeros y piensa que el carnicero es un asesino.

¿Cuándo se filmó esa famosa sesión fotográfica?...
Lo ideal habría sido hacerlo en el último día de rodaje. Pero tenía demasiado miedo a que cambiaran las condiciones meteorológicas. Por ello la rodamos un miércoles en lugar del viernes previsto e hicimos bien, pues dos días después la temperatura bajó de los quince grados.

¿Cómo eligió el campo?...
Nos hallábamos exactamente en la misma posición que el personaje de Toby Jones. 
Visitamos decenas de ellos hasta que encontramos el nuestro, bien expuesto al sol, con aquel grande y maravilloso tilo, un elemento vertical y un elemento horizontal, así como un montículo para que los personajes pudieran desplegarse. ¡Hicimos un cásting de campos!

¿Cómo resolvió esa escena?...
No me gustaba la idea, a la hora de rodar esta escena, de filmar a los modelos frontalmente. De ahí la idea del helicóptero del socio de Demaison que viene a buscarle al final de la película. Quería utilizar ese punto de vista en altura para reducir la frontalidad de la desnudez. Le pedí a un guionista gráfico que hiciera unos diseños para mostrárselos a los actores y que estuvieran tranquilos. Todos teníamos miedo escénico, pero al final todos se lanzaron con un espíritu liberador, como niños saltando desde el gran trampolín.

¿Qué sintió usted en el momento de esa foto?...
Alegría. Había una especie de inocencia primitiva al ver todos aquellos cuerpos corriendo por el verdor de la hierba, como una visión de un paraíso perdido. Era como Adán y Eva, un mundo anterior al pecado. Nadie observaba a nadie, no había nada de voyerismo. Lo llevamos a cabo sin necesidad de repetir tomas, y fue rodando esta escena como nos dimos cuenta de lo simple que era todo. Aquel día hacía muy bueno, todo el mundo se sentía bien. La música de Bruno Coulais amplifica esta alegría, compuso una detallada y colorida partitura. Es la primera vez que trabajo con él y debo decir que es un auténtico hallazgo.

«Normandía al desnudo» juega constantemente al desajuste, el contraste de tonos…
Me gusta mezclar registros; pasar de la comedia al drama y viceversa. En esta película, la emoción ha sido lo que me ha guiado en todo momento. Una de mis películas preferidas es «El hombre tranquilo», de John Ford, que no es realmente una comedia pero que juega con la ternura que se deprende de esa comunidad. Otra referencia inconsciente sería «El pan y el perdón», de Pagnol: la volví a ver el año pasado en el Festival Lumière en una magnífica copia restaurada. ¡Y me di cuenta de que mi película contaba casi lo mismo!
Los esfuerzos de una comunidad para unirse pese a las divisiones entre ellos: el maestro se pelea con el cura, el cura discute con el marqués, pero todo este pequeño mundo hará causa común para salvar al panadero. En cierto modo, «Normandía al desnudo» explora ese mismo hilo, esa necesidad primitiva de estar juntos superando nuestras pequeñas diferencias…


ENTREVISTA A FRANÇOIS CLUZET...
¿Cuál fue su reacción al conocer el guión de la película?...
¡La idea me pareció demencial! (risas). Sabía cómo funcionaban esos eventos artísticos que consisten en fotografiar a grupos de gente desnuda en lugares insólitos – algunos de ellos me habían causado mucha impresión. Aplicar eso a ganaderos normandos que, incluso a cuarenta grados – como dice mi personaje –, no se quitan el pantalón, ¡eso tiene mucho potencial! El choque de estos dos mundos me entusiasmaba, y que sirviera para ayudar a los granjeros todavía más. Adoro la comedia cuando es inventada.

¿Conocía a Philippe Le Guay?...
Estuvimos a punto de trabajar juntos en «Trois Huit» hace unos quince años. En esa época, Philippe me parecía tener una singularidad que asustaba. Yo hoy soy menos tímido y sin duda él lo es menos también. Tuve ganas al instante de rodar esta película con él.
Conozco su cine, sabía adónde quería ir a parar. El primer día de rodaje recuerdo haberle dicho: «¡Philippe, haré lo que sea para que estés contento y esta película salga bien!»

¿Por qué era tan importante para usted?... 
Vengo de una familia de granjeros. Aún recuerdo a mi abuelo diciéndome: «¿Sabes a cuánto se vendía un ternero hace veinte años? –¡A quinientos euros! ¿Sabes a cuánto se vende ahora? - ¡A quinientos euros!» Me preocupan las dificultades de los ganaderos. En «Normandía al desnudo», hay una frase maravillosa que resume la situación: «Hemos alimentado a Francia durante cientos de años, ¡y ahora dejan que nos muramos de hambre!» Haría falta una pequeña revolución para que las cosas cambiaran.

Eso es un poco lo que propone su personaje a la gente del pueblo…
Ante la situación de desesperación en que se encuentran, la oferta del fotógrafo le parece la mejor para salvarlos; en cualquier caso, más eficaz que cortar una carretera principal. 
Obviamente, ellos piensan que se ha vuelto loco.

¿Cómo describiría usted a ese hombre que se desvive sin reparos por su negocio y por su municipio?...
Como todos los alcaldes de esos pequeños municipios, él conoce a todo el mundo. Tiene convicción, autoridad, mucha bondad y generosidad, pero también tiene dudas. 
Considera a sus conciudadanos como sus hijos, él querría que le obedecieran y no comprende bien que se le opongan. Es un personaje magnífico…

…que más o menos tiene que cumplir la misma misión de persuasión que Philippe Le Guay con los habitantes de Mêle sur Sarthe para convencerles de posar desnudos...
¡No cabe duda de que Balbuzard tiene más dificultades con sus ciudadanos que los que tuvo Philippe! Los del pueblo sabían que no les traicionaría y que este proyecto daría salida a sus problemas –es también su proyecto. Su bondad y honestidad les conquistó – pocos directores conseguirían algo así. Hay una escena muy bonita en que mi personaje les pide a los aldeanos que se quiten la ropa. «Por mí, no hay ningún problema, allá voy», dice una granjera; «-Si tú lo haces, yo también», responde otro… Y se convierte en un juego. Tengo la impresión de que fue algo así lo que le pasó a Philippe. Con cuerpos que no tenían por qué ser los que siempre deseamos mostrar. Fue algo generoso por parte de esas personas.

¿A usted le resultó fácil aceptar la idea de que le fotografiaran desnudo?...
No. Podría incluso haber renunciado a la película debido a esa cuestión. En seguida le dije a Philippe: «Soy muy vergonzoso, es imposible». Él me tranquilizó, me dijo que se las apañaría, que me taparían los genitales con una prenda de color carne. Tenía tantas ganas de hacer la película que acepté. Sin embargo, según se acercaba el rodaje, me fui dando cuenta de que todo el mundo estaría haciendo la actuación menos yo, y eso no podía ser. 
Decidí no cubrirme los genitales.

La foto es muy pudorosa...
Si en su enfoque Philippe hubiera mostrado el más mínimo atisbo de perversión, los participantes lo habrían notado. Pero no, esto es una comedia. El plano está tomado desde lejos, sólo se ven nuestras siluetas.

¿Tenía usted miedo de filmarla?...
No, fue al final del rodaje y la habíamos estado preparando mucho el día antes de la llegada del alcalde, que es cuando éste da el pistoletazo de salida… Al final, no había más remedio que correr. Recuerdo que me costó quitarme los vaqueros, se me pegaban a la piel del calor que hacía, pero al final lo conseguí. Veía a todos los demás empezar a correr, y me puse a correr yo también y de repente me caí sobre una multitud de nalgas. ¡Fue divertido y chocante!

La película juega todo el rato con los contrastes, lo cómico y lo trágico, lo moderno y lo tradicional. Su personaje, justamente, está lleno de ambigüedades...
Es combativo, pero también tiene sus momentos de debilidad, como por ejemplo cuando amenaza con suicidarse y, sin embargo, esa escena acaba teniendo un giro cómico. Es muy humano, y eso me encanta.

Son matices muy sutiles, lo cual es un poco, por cierto, su marca de la casa. Provocan mucha emoción...
No sé de dónde me vendrá eso. Trato de ser lo más sincero posible. Doy un paso hacia lo sombrío cuando se trata de una escena dramática; o, por el contrario, me muevo hacia lo ridículo cuando se trata de una escena de comedia. Es ahí cuando me pongo a mofarme de mí mismo. Me gusta mucho tener aspecto ridículo, es algo que me encanta.

Usted aparece en casi todos los planos. ¿Cómo fue preparar la película con Philippe Le Guay?...
Philippe vino varias veces a mi casa. Yo necesito siempre desmenuzar el guión escena por escena con el director, hacerle preguntas. Hablamos sobre todos los papeles – tengo que saber lo que debo y no debo hacer para no interferir en los demás personajes.
Tomo notas. Esas reuniones con Philippe han sido muy fructíferas. Por otro lado, tengo la costumbre de trabajar solo. Necesito apropiarme de la historia. Reescribo los diálogos aun cuando voy a volver a retomar los que están escritos en el guión. Cuando creo haber encontrado una réplica más apropiada, se la propongo al director, aunque lo más frecuente es que le haga propuestas sobre cómo interpretar una escena, más que sobre los diálogos – me gusta no tener diálogo, poder provocar una emoción simplemente a través de lo que se observa, como un gesto. Y para mí tiene una gran importancia el vestuario, es esencial.

¿Y cómo eligió el vestuario de Balbuzard?...
No es un traje sin más, es un vestuario que me conmueve. Yo necesito estar sensible. Al hacer de Balbuzard, los zapatos me han producido también esa emoción. La directora de vestuario Elizabeth Tavernier me los cambió en el último momento; podrá parecer una tontería, pero, al ponérmelos, me convertía en Balbuzard. Un vestuario puede tener algo de ridículo, y eso es importante; es como en la interpretación, no hay que tener miedo a reírse de uno mismo.

Trabaja usted mucho la preparación previa…
Sí, mucho. Quiero conocer perfectamente el guión para que, una vez esté ante la cámara, solo tenga que vivir las situaciones. Ser actor, para mí, es vivir de verdad. Durante los rodajes, sé perfectamente lo que va a decir mi personaje, lo averiguo todo.

Georges Balbuzard dirige una explotación lechera. ¿Sintió usted la necesidad de sumergirse en ese entorno?...
No. De niño pasé todas mis vacaciones en el campo con mis abuelos. El establo, el ordeño, levantarse a las cuatro de la mañana para ayudar a una vaca a dar a luz, me lo conozco. Sé cómo dar de comer a las palomas en el abrevadero; tampoco necesité introducirme en el mundo de la pesca ilegal para rodar «L’Ecole buissonnière», de Nicolas Vanier. Me bastaba con recordar las expediciones por el río que hacía con mi tío para buscar truchas en las oquedades, o para encontrar cangrejos. Para mí es importante servirme de mi propia historia: necesito extraer algo íntimo, un eco dentro de los personajes que interpreto, que tengan alguna relación con mi vida. Es ahí donde obtengo mis emociones.

Desde «Un doctor en la campiña», de Thomas Lilti, a la película de Philippe Le Guay, y en términos generales, da la sensación, en efecto, de que escoge usted sus personajes en consonancia con los temas que le preocupan especialmente: la ecología, el campo, la justicia social…
Es cierto, pero también es casualidad, una serie de corazonadas, y luego también que los directores están al corriente de la actualidad. En general, hago películas que me motivan y en las que me dan ganas de convertirme en mi personaje, de vivirlo, de creerme dentro de él. Y Philippe Le Guay me transmite muchas ganas de interpretar.

Antes las cámaras, ¿cómo es su dirección de actores?...
Como todos los buenos cineastas, se asegura de que sus comediantes estén a gusto y se dejen llevar por la situación; sabe que no tiene sentido dirigirlos cuando ya están yendo por el buen camino, te da libertad, aunque haciendo precisiones sobre determinadas cuestiones. Pero, en cuanto cree que estás pasando algo por alto, él está ahí presente.
Yo no tenía ni idea, por ejemplo, de cómo interpretar la escena en la que acompaño al fotógrafo a visitar un terreno de campo. «Establece distancia, me dijo, ve casi hasta donde está aquel roble para enseñárselo, y las vacas, acércate a ellas». Unas indicaciones maravillosas: para convencer a Toby Jones de cambiar de lugar, Balbuzard tenía que ser tan eficiente como un vendedor de coches. Philippe le dio mucha comicidad a la escena. 
En cambio, para la escena en el interior del tractor, nos dio las claves, pues no habíamos llegado a averiguar nosotros solos el alcance de la amistad que se creaba entre nosotros. 
Sin embargo, de cara a los habitantes del pueblo, era necesario que explicara muchas cosas – estaban, en efecto, muy necesitados. Él lo hacía siempre con mucha simpatía, con una suavidad que hacía que le escucharan. Habla muy bajito. Cuando alguien habla así, le prestas atención.

Tiene usted muchas escenas con la gente el pueblo: ¿cómo es actuar junto a actores no profesionales?...
Desde la primera escena que rodamos, la de la reunión en el centro municipal donde se discute qué acciones llevar a cabo, decidimos lanzarnos a fondo. Se quedaban perplejos de la convicción con la que les hablaba, e incluso aplaudieron. Y, en la toma siguiente, ellos también se lanzaron. Con la misma convicción. Fue un estallido total, increíble.
Faltaba después, claro está, el montaje. No solíamos hacer muchas tomas por cada plano, pero para aquella escena hicimos veinte planos. Es conmovedor sentir hasta qué punto llegaba su entrega: estaban dispuestos a darlo todo en cada toma como si no hubiera un mañana, sin pensar nunca en escatimar. Entendimos que esta película era para ellos la aventura de su vida, que sabían que tal vez no habría una segunda, y que tenía que dejar un recuerdo fantástico.

No había rodado usted nunca con Philippe Rebbot, Grégory Gadebois, Samuel Churin, Arthur Dupont y Patrick d’Assumçao…
Igual que con Philippe le Guay, ha sido un auténtico bombazo. Son almas sensibles, igual que él; súper actores y súper compañeros de actuación, dispuestos a compartir, a actuar contigo. Es vital lo de interpretar juntos. Es una cuestión de honestidad. A veces estar ahí sirve simplemente para dar un empujón al que tienes delante. Yo no creo en la capacidad de rendimiento del actor a nivel individual.

No había rodado con un compañero anglosajón desde «Alrededor de la medianoche», de Bertrand Tavernier. Háblenos de Toby Jones, que interpreta al fotógrafo americano...
En él, todo pasa por la mirada. Posee aquello que en nuestra jerga llamamos la lógica interna del personaje y no se desvía de ella. El miedo que deja ver en sus ojos cuando Grégory Gadebois le amenaza con un cuchillo en el albergue y va a esconderse a un rincón, es increíblemente divertido. 
Ha sido un placer rodar con él en una película francesa. No hablo el inglés con la suficiente fluidez como para apreciar realmente los rodajes en el extranjero. Me sentía muy frustrado en la película de Bertrand Tavernier cuando los jazzistas hablaban su jerga.
Tenía la impresión de estar perdiéndome cosas. Aprecio demasiado el colectivo, el ambiente de los escenarios, como para poner eso en juego.

Le volveremos a ver pronto en «Le Collier rouge», de Jean Becker. No ha parado usted de rodar…
No le veo mucho sentido a ir enlazando película tras película, pero si aparece un buen proyecto no puedo pasarlo por alto.

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