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CRITICA
Por: PACO CASADO
Si el cine infantil es escaso en nuestra patria, puede que se deba a dos cosas, que el público no exige demasiado a esta clase de películas, como se demuestra por la escasa asistencia a ellas en ocasiones, y la segunda, una consecuencia de la primera, los empresarios las colocan en fechas bajas.
Si se mira desde otro ángulo tal vez pueda que suceda al revés.
Pues aquí tenemos una película netamente infantil.
Se trata de la historia de un niño blanco, abandonado en una misión sudafricana, criado al lado de otro de color, entre un misionero y una monja gruñona.
La cinta no pretende ser otra cosa que un canto a la solidaridad humana, a la amistad, a la integración y un rechazo a la lucha racial y al odio, ya que todos, blancos o negros, somos hijos de Dios.
Aunque la película se sitúa en África del Sur y posteriormente en Nueva York, la historia puede suceder en cualquier parte y las consecuencias que de ella se sacan son válidas para cualquier lugar del mundo, ya que su mensaje es universal, porque está a la orden del día.
Su título original traducido, "Siempre jóvenes, siempre libres" encierra la orientación del largometraje, lo que nos quiere decir.
Ese canto a la amistad que va más allá de la muerte.
El film ha sido dirigido con oficio pro Ashley Lazarus, quien poco después haría "Cita de oro", vista no hace mucho.
En su cuadro de actores destaca la veteranía de José Ferrer y la simpatía de los dos protagonistas infantiles.
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