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CRITICA
Por: PACO CASADO
Desde que en 1967 surgió el conflicto entre Don Siegel y Robert Totten por 'La ciudad sin ley' (1969), se inventó el nombre de Alan Smithee para casos en los que el director no quiere firmar su obra por algún motivo oculto.
En 'Supernova. El fin del universo' (2000), Walter Hill ha usado el seudónimo de Thomas Lee, ya que tras apearse del proyecto el australiano Geoffrey Wright, la MGM se lo encargó a él, que tuvo tan sólo 5 semanas. En los primeros pases vieron que no funcionaba y Jack Soldier lo retocó. Después Francis Ford Coppola le dio un recorte y la dejó en la duración actual metiéndole algunas escenas de sexo por ordenador.
Tras este gazpacho Walter Hill renunció a la autoría y la Metro lo ha firmado con el nombre de Thomas Lee, ya que los sindicatos exigen un nombre.
Se resiente de la influencia de 'Alien. El octavo pasajero' (1979).
Una nave de salvamento recibe una llamada de socorro desde un cometa y recoge a un pasajero que se hace con el mando y la envía a una muerte segura, mientras va eliminando uno a uno a los tripulantes.
El film nos recuerda los de serie B antiguos y aunque no se ha escatimado en los tres o cuatro decorados que constituyen todo el escenario, está hecho con siete actores, unos logrados efectos especiales para llegar a este milagroso entretenimiento, algo claustrofóbico, no muy creativo en la puesta en escena, aunque aumenta el interés y el suspense en su tercio final.
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