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Basada en su propia novela gráfica publicada en 2011, la película tuvo su estreno mundial en la sección Generation Kplus de la Berlinale 2025 y posteriormente pasó por festivales como el prestigioso Annecy –donde compitió en la sección Contrechamp– y Toronto, consolidándose como una de las propuestas animadas más destacadas de la temporada.
Fiel al espíritu de la novela gráfica original, la película prescinde de diálogos y construye su narración a través de la música y la expresión visual. Como explica Kid Koala, “sabía que era posible crear obras profundamente emotivas sin diálogo”, una idea que conecta con el recuerdo de infancia que le marcó al descubrir “Tiempos modernos” de Charlie Chaplin junto a su familia. Para el director, las historias sin palabras generan una relación distinta con el espectador: “la gente se relaciona con las obras sin diálogo de otra manera; es como un pequeño puzzle en el que el público recurre a sus propias experiencias para imaginar lo que sienten los personajes”.
La presencia central de la música no es casual: la novela gráfica original de Space Cadet, publicada en 2011, ya incluía un CD con una banda sonora compuesta por el propio Kid Koala, concebida como una “still picture score” pensada para acompañar cada escena del libro. El largometraje amplía esa idea y la traslada al cine, apoyándose en una partitura que guía la emoción de la historia y sustituye a las palabras como principal vehículo narrativo.
Aunque “Mi robot favorito” se presenta como una aventura espacial, el origen del proyecto es profundamente personal. Kid Koala comenzó a desarrollar la historia tras atravesar un momento vital marcado por la muerte de su abuela y, al mismo tiempo, por el nacimiento de su hija, dos acontecimientos que le llevaron a reflexionar sobre el paso del tiempo y la transmisión entre generaciones.
La novela gráfica en la que se basa la película nació de ese proceso: “Escribir el libro se convirtió en una manera de afrontar todas esas emociones”, recuerda el director. Esa dimensión emocional atraviesa toda la película: la relación entre Robot y Celeste funciona como una metáfora del acompañamiento y de la necesidad de encontrar nuestro lugar en el mundo, incluso cuando las personas que nos guiaron ya no están.