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CRITICA
Por: JUAN FABIÁN DELGADO
Los protagonistas, héroes o antihéroes, del mundo de Melville, no se sabe por qué actúan, por qué se mueven, por qué se arriesgan.
Simplemente, tiene que ser así y desde su largometraje "El confidente", hasta ese "Círculo rojo", los delincuentes de sus historias van tejiendo alrededor de ellos una tela de araña, que siempre termina por ahogarles.
En "Círculo rojo", el protagonista sale de la cárcel, y a las pocas horas ya está planeando un nuevo golpe, no por dinero, por ambición o por honra profesional, sino simplemente porque ése es su mundo, y su manera de realizarse en la vida es ésa, inevitable y fatalmente.
Junto a él, va metiendo a otra serie de hombres, que ya serán arrastrados en su propio destino. Ya no es el solitario de "El silencio de un hombre", sino que su aureola fatalista arrastra a otros junto a él.
Melville construye su historia de forma minuciosa, lineal, con un ritmo moroso y tranquilo, sin prisas por llegar a un final que todos adivinamos, la muerte irremediablemente del final de todos sus films.
Cine de perfección, corre el riesgo de una aparente vaciedad moral, bajo una envoltura acabada y completa, pero Melville sabe matizar a sus criaturas lo suficientemente para que sean personas y no marionetas, y su obra trasciende la pura mecánica para llegar ala verdadera profundidad.
Una serie de actores perfectamente dirigidos, entre los que no se sabe cuál puede resultar mejor, si Delon con su frialdad, Montand con su angustia, o Volonté con su desesperación, dan a la cinta la calidad humana y los tipos que éste necesitaba.
En la fotografía, de nuevo una labor admirable de Henri Decaë, y una partitura musical funcional de De Marsan, completan el conjunto de una película admirable en su construcción, su dirección y en toda su totalidad.
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