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CRITICA
Por: PACO CASADO
Son ya varias las veces que el cine se ha sentido tentado de llevar a la pantalla el famoso caso Dreyfus.
Prácticamente podríamos decir que desde que nació, ya que pioneros como los Hermanos Lumière, George Méliés, Ferdinand Zecca o Charles Pathé, filmaron noticiarios sobre el tema.
Entre los films más destacados que dramatizaron después con actores la cuestión podríamos citar La vida de Emile Zola (1937) dirigida por William Dieterle que ganó tres Oscars y ¡Yo acuso! (1958), protagonizada y dirigida por José Ferrer.
A finales del siglo XIX, en 1890, Alfred Dreyfus, oficial del Ejército Francés, de origen judío, es acusado de espionaje y traición y de pasar información a los alemanes.
Ante la poca claridad de su culpabilidad, la cuestión salta a la calle y toda Francia toma partido.
Años después se demuestra su inocencia y es rehabilitado.
Ahora nos llega una nueva versión 'Prisioneros del honor' (1991) que nos ofrece el tema visto desde la perspectiva del Teniente Coronel Picquart, un aristócrata antisemita, protestante y monárquico, que se sobrepuso a sus convicciones para defender a un hombre que era inocente, acusado de traidor y confinado a la Isla del Diablo.
El capitán Alfred Dreyfus fue víctima del antisemitismo de Esterhazy que se las ingenió para poner pruebas falsas de escritura y condenarlo, cuando en realidad el traidor era él.
El caso trajo en jaque y dividida a la opinión pública francesa durante todo el tiempo que duró el proceso y fue noticia de ámbito mundial en la que se vio implicado, entre otros, el famoso escritor Emile Zola, que fue declarado culpable de difamación.
La cinta se atiene estrictamente a los hechos mediante un guion abundante en situaciones dialogadas hasta el punto de fatigar al espectador, lo que le hace parecer más una obra de teatro que una película.
En ella apenas hay más acción que las de los procesos y el ir y venir de los distintos personajes.
Apenas si se airea el film en una par de ocasiones, con el duelo a espada entre Picquart y Esterhazy y alguna salida del primero a ver a su amante.
El director Ken Russell se preocupa más de una perfecta ambientación en decorados y vestuarios o en dirigir dramáticamente a los actores en sus diversos encuentros, que a tratar de hacer cinematográfico el relato que está falto de ritmo.
Sigue así el realizador británico en la floja línea de sus últimos títulos.
El guion da así pie al lucimiento interpretativo de los principales actores, pero el ritmo del film se hace cansino a pesar de su corta duración.
Premio Cable ACE para el vestuario.
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