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CRITICA
Por: PACO CASADO
A veces nos olvidamos de que el cine nació como espectáculo antes de ser arte.
George Lucas volvió a tomar las riendas de la dirección en el inicio de la primera trilogía galáctica y continúa al mando de ella en este segundo capítulo.
Diez años después, la República sigue en peligro y los caballeros Jedis se sienten incapaces de contener las amenazas de las alianzas, que han construido un ejército de clones contra los que han de luchar.
Anakin y Amidala, ahora senadora, han crecido y entre ellos surge el amor, aunque a los caballeros Jedis les esté prohibido, al tiempo que éste comienza a mostrar ambición por ser el más poderoso y su tendencia al lado oscuro.
Estos personajes cuentan con el hándicap de que ya conocemos el camino por el que van a tomar, como si hubiéramos comenzado a leer un libro por la mitad y ahora hubiéramos vuelto al inicio, por lo que pierden fuerza e interés.
Lucas basa el atractivo de este nuevo capítulo en su grandiosa inventiva de artefactos voladores, armas, robots, lugares de ensueño, decorados y algunas espectaculares secuencias que salvan el espectáculo, como ya ocurría en el capítulo primero con la carrera de aeronaves; aquí son prodigiosas persecuciones en el espacio o entre los altos edificios de una gran ciudad tras un cazador de recompensas, con un ritmo vertiginoso, con más de 300 tomas de efectos visuales, o el circense espectáculo final en que los tres héroes han de luchar contra nuevos monstruos, todo ello previo a la gran batalla con los clones.
El sistema digital juega un papel clave en la creación de los exóticos mundos y efectos especiales.
El guion pocas cosas nuevas puede ofrecer.
La música de John Williams sigue empastando la buena fotografía y los actores, encajados en sus papeles, continúan resultando algo fríos en su trabajo.
Aunque el espectáculo continúa.
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