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CRITICA
Por: PACO CASADO
El cine de Costa Gavras siempre ha navegado entre los parámetros social y político, la mayoría de las veces en un tono policiaco.
Una vez más se dan esas circunstancias en esta última película del director griego, afincado en Francia, donde lleva cuarenta años haciendo cine.
En esta ocasión adapta la novela de Donald Westlake que traslada a su terreno, pasando la acción a Francia, para tratar el problema actual del paro. Lo hace a través del personaje de Bruno, un alto ejecutivo de una industria papelera que un día por reestructuración económica de la empresa, se queda en la calle. Piensa que dado su curriculum pronto encontrará trabajo, pero cuando lleva casi tres años, se da cuenta que se ha convertido en un obrero más, que hay mucha competencia y que tiene que seguir manteniendo a su esposa y sus dos hijos.
La solución cree que está en eliminar a los de su clase que puedan hacerle sombra y quitarle su posible puesto de trabajo, por lo que no tiene inconveniente en llegar hasta el crimen para seguir siendo un ciudadano respetable.
Aunque en el guion se desliza un cierto humor negro con el que está tratado el tema, no deja de ser por ello menos tremendo y universal, aunque está un poco alargado y llevado a cabo con desigual ritmo.
Costa Gavras toca, una vez más, el tema de la injusticia social atacando a las empresas capitalistas sin corazón que dejan a los padres de familia en la calle por ganar más, convirtiéndolos en personas temerosas de perder su empleo, que les lleva a la desesperación, a la angustia y la falta de confianza en sí mismo.
José García hace brillantemente un personaje agridulce, un tanto cómico, pero tan entrañable como patético en su desolación.
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